Noviembre 1998 LA VOZ DE SIÓN

¿Cómo se ha enseñado?


La Confesión


Introducción

De vez en cuando escuchamos a alguien (en la sociedad finlandesa) admirar la práctica de la confesión en la iglesia Católica, y la pregunta que se hace: “Por qué no hay confesión en la iglesia Luterana?” Esto surge por que en el círculo de nuestra iglesia nacional (Iglesia Evangélica Luterana de Finlandia), poco se habla de la confesión y quizás se usa mucho menos, a pesar del hecho de que la confesión está incluida en la doctrina de la Iglesia Evangélica Luterana. En la esfera de la Cristiandad viviente la confesión se usa y se menciona en los sermones. A pesar de ello, algunas veces, oímos interpretaciones acerca de la confesión. Hay razón para examinar lo que es la confesión, que enseñan la Biblia y los libros confesionales acerca de ella y cual es la opinión de la Cristiandad sobre la confesión.

Qué Es la Confesión?

El pequeño catecismo enseña, de la confesión, que tiene dos partes: la primera que nosotros confesamos nuestros pecados y segundo que nosotros recibimos la absolución, o el perdón, del padre confesor así como del mismo Dios. Nosotros no dudamos sino que creemos, firmemente, que con esta absolución nuestros pecados son perdonados ante Dios, en el cielo. Además, el pequeño catecismo responde la pregunta: Qué pecados deben ser confesados? “Ante Dios debemos reconocernos, nosotros mismos, culpables de todas las
formas de pecado, aún de aquellas que no percibimos nosotros mismos, como lo hacemos en el Padre Nuestro. Pero ante el confesor, debemos confesar solamente aquellos pecados de los que tengamos conocimiento, que sintamos en nuestros corazones y que molesten nuestra conciencia” (Pequeño Catecismo de Lutero).

La confesión de Augsburg enseña: “Se enseña entre nosotros que la absolución privada debe conservarse y no se permita que caiga en desuso. Sin embargo, en la confesión no es necesario enumerar todas nuestras faltas y pecados, ya que esto es imposible. “Quién podrá entender sus propios errores?” (Sal. 19:12). Al final del gran catecismo hay una “Corta Exhortación a la Confesión.” En ella, Lutero explica las diferentes formas de confesión. Swebilius las divide en la misma forma en su catecismo. Las siguientes son las formas de
confesión:

Confesión general, cuando toda la congregación, junta, confiesa sus pecados en un servicio litúrgico o cuando una desgracia mutua ocurre. “Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová, diciendo: Nosotros hemos pecado contra ti; porque hemos dejado a nuestro Dios, y servido a los baales” (Jue. 10:10).

Confesión de amor, cuando rogamos por el perdón de nuestro vecino, cuando hemos pecado contra él. “Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale” (Lucas 17:4).

Confesión pública, que nosotros confesamos públicamente nuestros pecados y rogamos por el perdón de ellos a la congregación.

Confesión privada, es la forma de confesión a la cual generalmente, nosotros nos referimos cuando hablamos de confesión. En ella nosotros confesamos, en privado, nuestros pecados a un padre confesor o a una madre confesora y recibimos la absolución de ellos.

La Biblia y la Confesión

La palabra rippi , que es usada por confesión en el lenguaje finlandés, no aparece en la Biblia, aunque la confesión tiene una firme base bíblica.

David relata sus experiencias de cuando él había caído en el pecado. “Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tu perdonaste la maldad de mi pecado” (Sal. 32:2,5).

El pecado inquietaba la conciencia de David, inclusive antes de que el profeta Natán le hablara. Cuando él los confesó, él sintió que estaba ante Dios y no ante un hombre. David experimentó la bendición de la confesión: el Señor no le imputaba más el pecado sino que había alegría y paz en el corazón. Santiago enseña: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados” (Stg. 5:16). Juan escribe: “Si
decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y para limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:8,9).

La parte del pequeño catecismo, mencionada al principio, señala a esa parte del Evangelio de Juan, donde el Salvador resucitado se aparece a los suyos y les da el oficio del Espíritu Santo, el oficio o deber de perdonar los pecados (Jn. 20:22,23). Así, la confesión está conectada al oficio del Espíritu Santo. La confesión correcta puede hacerse, solamente, en la congregación viviente de Dios. La característica más importante de un padre-confesor es que él es un creyente.

La Confesión Es un Regalo de Dios

El comportamiento de un hijo de Dios es una guerra contra el enemigo de las almas, y el mundo y su propia carne. Las derrotas se experimentan en la batalla y nosotros somos heridos. El pecado se pega y hiere a la conciencia. Dios ha dado la confesión como un medio de ayudar, en el que nosotros podemos curar nuestras heridas y liberar nuestras conciencias de cargas pesadas. “Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia” (He. 12:1). La confesión no es nuestro trabajo, por el que nos podamos merecer algo, sino que es un regalo de Dios. Es un asunto voluntario al cual no estamos obligados sino exhortados. Lutero escribe: “Así nosotros enseñamos que cosa tan maravillosa, preciosa y confortante es la confesión, e instamos a que tan preciosa bendición no sea despreciada, especialmente cuando consideramos nuestra gran necesidad. Si usted es un cristiano, usted no necesita ni mi coacción ni la orden del Papa, en ningún momento, pero usted se obligará a si mismo y me implorará por el privilegio de compartirlo (Gran Catecismo: Una Corta Exhortación a la Confesión).

La Confesión Tiene Dos Partes

Lutero escribe de esto en el gran catecismo: “Note, entonces, como yo he dicho a menudo, que la confesión consiste de dos partes. La primera es mi trabajo y obra, cuando me lamento de mi pecado y deseo el alivio y la restauración de mi alma. La segunda es un trabajo que Dios hace, cuando el me absuelve de mis pecados a través de una palabra colocada en la boca de un hombre. Esta es la cosa, grande y noble, que hace a la confesión tan maravillosa y reconfortante.” En la iglesia católica, se prestó toda la atención a la confesión de los pecados, su contabilidad precisa, pero el sermón del perdón de los pecados se dejó casi desapercibido. En los libros confesionales, se rechaza la exigencia de una confesión precisa y perfecta y se refuerza el significado de la remisión de los pecados. La explicación de la confesión, en la Confesión de Augsburg, termina así: “Sin embargo, la confesión se mantiene entre nosotros debido al gran beneficio de la absolución y porque además es útil a las conciencias” (XXV). La mención de los pecados pertenece a la confesión porque nosotros deseamos liberarnos de aquellos pecados que pesan en nuestra conciencia. Nosotros sabemos que estamos ante la cara de Dios. No queremos ser mentirosos o adornar los temas, pero, a pesar de todo, a nuestra confesión siempre le falta. Sin embargo, la absolución o el perdón de los pecados es completa: se nos perdonan todos nuestros pecados y nuestra conciencia está libre de cargas. El reino de Dios es un reino de gracia y perdón.

Juhani Uljas

Siionin Lähetyslehti
No. 10, 1997