Febrero 1998 LA VOZ DE SIÓN
¿Cómo se ha enseñado?
Virtud de la Fe
El Hombre, la Imagen de Dios
En la virtud de la fe, la pregunta es la relación entre
Dios y el hombre. Es nuestro tema más importante. Dios
es imparcial y leal, en otras palabras Él es justo. En
Él no hay nada falso o malo, ni su mente cambia. Él
es constante en sus promesas. Dios es tan honrado con sus promesas
que Él no puede aceptar nada que sea malo. Él no
puede mirar nuestros pecados, a través de sus dedos, y
pensar, como lo hace el hombre: Bueno, no es tan
especial.
Dios creó al hombre a su propia imagen. Él hizo
al hombre un ser eterno responsable por sus actos. El hombre creado
por Dios es virtuoso. Aún en ese aspecto Él fue
la imagen de Dios. Esas características diferencian al
hombre del resto de la creación. Ninguna otra creación,
solamente el hombre, puede ser virtuoso o no. Cuando Dios contempló
su trabajo de creación, Él notó que todo,
incluyendo al hombre, era muy bueno (Génesis 1:3). Pero
el hombre cayó. El no obedeció la voluntad de su
creador, sino que la violó cometió pecado.
Como un resultado de la Caída, el hombre fue separado de
Dios y perdió su virtud. La confiada relación del
hijo con el Padre desapareció y en su lugar llegó
el miedo y la necesidad de huir de Dios. Todos nosotros llevamos
esta pobre herencia de la Caída de los primeros humanos.
Se llama el pecado heredado. El hombre se volvió incapaz
de hacer lo que es correcto ante Dios.
La Promesa de Dios es Segura
Dios no solo es justo sino que el también es Amor. Antes
de la creación del mundo Él recibió la promesa
de su Hijo de que el Hijo redimiría al hombre que caería
en el pecado y en el poder de la muerte. Bajo esta promesa Dios
creó al mundo. Cuando la Caída había ocurrido,
el Padre vino a buscar a sus hijos caídos. Él los
llamó, porque ellos se escondieron, habiendo escuchado
la voz llamadora de Dios. Habiéndolos encontrado, el Padre
les dio a ellos la promesa de Cristo, quien aplastaría
la cabeza de la serpiente. Esa promesa contenía a Cristo.
Cuando Adán y Eva creyeron la promesa de Dios ellos llegaron
a participar de la perfección de Cristo y recibieron la
virtud de la fe. Cuando Dios hizo la promesa, era tan segura como
si ya hubiera ocurrido (Rev. 13:8).
En su propio tiempo, la promesa de Dios se cumplió. La
Palabra se hizo carne. El Señor Jesús cumplió
la voluntad de Dios como hombre. Su vida y actos fueron aceptables
a Dios. El amor hacia la humanidad caída en el pecado hizo
que Él sufriera y muriera en la cruz. Él fue el
sacrificio escogido por Dios, ofrecido para expiar nuestros pecados.
El sacrificio fue
suficiente. La ira del Dios justo fue aplacada con su sangre inocente.
La paz se hizo en la cruz.
La muerte no pudo mantener al libre de pecado en su poder, sino
que cuando amanecía la mañana de la Pascua de Resurrección
se abrieron los barrotes de la tumba y el Vencedor se levantó.
Él había aplastado la cabeza de la serpiente contra
el umbral del infierno. El fue entregado por nuestras transgresiones,
y resucitado para nuestra justificación. (Romanos
4:25). Cuando Cristo se había levantado como el Vencedor,
Él se apareció entre los suyos a través de
puertas cerradas. Él llevaba saludos de paz. La guerra
había sido peleada y se había obtenido la victoria.
Él sopló sobre sus discípulos y dijo: Reciban
el Espíritu Santo, a quienes le perdonen los pecados en
la tierra le serán perdonados en el cielo. En esta predicación
del perdón de los pecados en el poder del Espíritu
Santo, se conservó la bendición del trabajo de reconciliación
de Cristo, con el fin de que una
persona ansiosa por la reconciliación pueda encontrarla
allí y recibirla como propia. La fe llega escuchando este
sermón y aceptándolo. Este sermón del perdón
de los pecados es el que los discípulos del Señor
Jesús fueron, en adelante, a predicar a través del
poder y la autoridad del Espíritu Santo. Es el gran amor
y la paciencia de Dios, que este sermón pueda aún
escucharse y recibirse cuando el reino de Dios se acerca a uno.
La Fe que Justifica
La fe no es una obra del hombre sino un regalo de Dios. Aún
la gracia, nosotros la recibimos por gracia divina. Así
que la fe no es un mérito, en cuya base se nos proclama
virtuosos, sino que por la fe el hombre posee la virtud perfecta
de Cristo. La virtud de la fe es ajena virtud por fuera
de nosotros mismos virtud-regalada.
La virtud de la fe llegó a ser el tema central durante
la reforma. Los libros confesionales dicen: (Formula de Concordia.
La Virtud de la Fe ante Dios): que un pobre pecador se justifique
ante Dios (esto es, él es absuelto y declarado completamente
libre de todos sus pecados y del bien merecido veredicto de condena
y es adoptado como un hijo de Dios y un
heredero de la vida eterna, sin ningún mérito o
merecimiento de nuestra parte, y sin tareas anteriores, actuales
o posteriores, por pura gracia, solamente a través del
mérito de la obediencia total, la amarga pasión,
la muerte y la resurrección de Cristo, Nuestro Señor,
cuya obediencia nos es reconocida como virtud. El Espíritu
Santo nos ofrece esos tesoros en la promesa del Evangelio, y la
fe es el único medio por la cual podemos comprenderlos,
aceptarlos y aplicarlos a nosotros y hacerlos nuestra propiedad.
La fe es un regalo de Dios, por el cual nosotros aprendemos correctamente,
en la Palabra del Evangelio, a conocer a Cristo como nuestro redentor
y a confiar en Él, que solamente por motivo de su obediencia
tenemos el perdón de los pecados por la gracia, somos considerados
virtuosos y benditos por Dios el Padre y somos salvados para siempre.
La Virtud Inaceptable a Dios
Lo opuesto a la virtud de la fe es la virtud de las obras, la
cual puede también llamarse virtud de la Ley o autovirtud
del hombre. Durante la época de Jesús, los fariseos
pensaban que ellos estaban justificados por observar la ley y
los estatutos de sus padres con una exactitud concienzuda. Ellos
estaban equivocados por que ellos no conocían la profundidad
de la falta de la Caída. Su virtuosismo disminuido, a la
luz de la Palabra de Dios, a hipocresía. Jesús dijo
a sus discípulos, Guardaos de la levadura de los
fariseos, que es la hipocresía (Lucas 12:1). En nuestra
época la autovirtud viene más oculta. Ella no niega
a Cristo, sin embargo, no desea justificar al impío lugar
(Romanos 4:5), sino que considera la salvación como una
obra mutua entre Dios y el hombre. Para recibir la gracia, el
hombre primero debe hacer algo. Cuando se le pregunte en el futuro
acerca de su base de esperanza, las propias obras del hombre cubren
la obra de Dios.
El peligro de la autovirtud también está en acecho
cerca del Cristiano, ya que nuestra vieja porción es un
fariseo que dura a través del baño. La anterior
advertencia de Jesús también nos pertenece: Guardaos
de la levadura de los fariseos! Concluimos, pues, que el
hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley
(Romanos 3:28).
La Virtud de la Vida
Entonces, en donde ponemos el esfuerzo del Cristiano y los frutos
de la fe? La Fórmula de Concordia, de la que
se prestó el extracto anterior, responde nuestra pregunta:
Así que no puede haber salvación genuina por
la fe en aquellos que viven sin arrepentimiento ni pena y tienen
una intención malvada de permanecer y habitar en el pecado,
por que el verdadero
arrepentimiento precede y la genuina fe existe solamente en, o
con, el verdadero arrepentimiento.
El amor es una fruta que, con seguridad y necesariamente, sigue
a la fe verdadera. Por que si una persona no ama, esto indica,
con seguridad, que él no está justificado sino que
él aún está en la muerte, o que él
ha perdido, de nuevo, la virtud de la fe, como dice San Juan (Juan
1 3:14). Pero cuando San Pablo dice, nosotros estamos justificados
por nuestra fe aparte de nuestras obras (Romanos 3:27),
el indica de ese modo que ni el arrepentimiento anterior ni las
obras posteriores pertenecen al artículo o tema de justificación
por la fe. Ya que las buenas obras no preceden a la justificación,
más bien la siguen, por que una persona debe primero ser
virtuosa antes de que ella pueda hacer buenas obras.
Así: Solamente de fe, solamente de gracia y solamente
por el amor del mérito de Cristo.
Por que puede que él nunca se conmueva
Por mis propios méritos;
Y pueda que el Señor nos ayude a vivir
Por su gracia solamente!
Gloria a ti Jesús
Por tu gran virtud que compraste en la cruz,
Nosotros te glorificamos por tu gracia
(SHZ 32: 6,7)
Juhani Uljas
Traducido del Siionin Lähetyslehti, febrero de 1997